Canarias tiene ocho islas habitadas — y una novena que no se deja atrapar. Desde hace siglos, marinos y vecinos juran haber visto en el horizonte una isla montañosa donde los mapas no ponen nada: San Borondón, bautizada por el monje irlandés San Brandán, que según la leyenda medieval desembarcó en el lomo de una isla que resultó ser... otra cosa. La isla fantasma llegó a aparecer en mapas oficiales, se organizaron expediciones para encontrarla y hubo actas notariales de avistamientos. La ciencia habla de espejismos, nubes y bancos de bruma sobre el mar. Los canarios, con una sonrisa, siguen mirando el horizonte los días raros. Desde los altos de Famara, quién sabe: los atardeceres con calima son sospechosamente generosos en siluetas.
Toda cultura marinera tiene su isla fantasma; la de Canarias tiene nombre de santo navegante y expediente oficial. La leyenda arranca en la Irlanda del siglo VI con San Brandán de Clonfert — Saint Brendan, San Borondón en boca canaria —, el monje que según los relatos medievales se hizo a la mar con sus hermanos en un bote de cuero buscando el Paraíso. La "Navigatio Sancti Brendani", superventas absoluto de la Edad Media, cuenta la escena inmortal: los monjes desembarcan en una isla pelada, celebran misa, encienden fuego… y la isla se estremece y se sumerge — era el lomo de una criatura marina colosal. De ahí nació el mito de la isla errante que aparece y desaparece.
Cuando Europa llegó a Canarias, el mito echó el ancla aquí. Durante siglos, vecinos de las islas occidentales — y marinos de paso — juraron ver hacia el poniente una isla grande, con montañas y valles, que no constaba en carta alguna. Los avistamientos fueron tan persistentes que San Borondón saltó a la cartografía seria: aparece dibujada en mapas de los siglos XVI a XVIII, con forma y posición, y el Tratado de Alcáçovas y otros documentos de la época llegan a mencionar las islas canarias "por descubrir". Hubo expediciones formales que zarparon a buscarla — varias, con capitanes serios y resultados idénticos: nada —, testimonios recogidos bajo juramento ante escribano, y hasta debates eruditos sobre si convenía conquistarla preventivamente. Pocas alucinaciones colectivas han generado tanta burocracia.
¿Qué veían realmente? La ciencia moderna tiene respuestas razonables y ninguna definitiva para cada caso: bancos de nubes bajas sobre el mar que el atardecer recorta como tierra firme; espejismos superiores — la fata morgana, que levanta y deforma imágenes de islas reales lejanas —; la calima jugando con la luz. El cóctel óptico atlántico, servido a observadores que ya conocían la leyenda, hacía el resto. Pero el mito se ganó su sitio en la identidad canaria precisamente porque nunca pudo cerrarse del todo: la última palabra siempre queda en el horizonte.
¿Y Lanzarote? Aunque los avistamientos clásicos se concentran en las islas occidentales, la leyenda es patrimonio de todo el archipiélago — canciones, poemas, un topónimo emocional compartido — y esta isla aporta su propio observatorio de lujo: los altos de Famara y el Mirador del Río, desde donde los días de bruma el Atlántico se llena de siluetas posibles. Prueba el juego local: atardecer raro, horizonte al oeste, ojos entrecerrados. Eso que quizá ves — ¿nube, espejismo, isla? — es exactamente lo que vieron generaciones de canarios. Bienvenido al club de los que no están seguros.
La moraleja es marinera y hermosa: un archipiélago que lo tiene todo se reservó, además, una isla imposible — para que el horizonte nunca se quede sin promesas.
