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Los líquenes y las tabaibas: así vuelve la vida después de un volcán

Lanzarote · 3 min de lectura

Los líquenes y las tabaibas: así vuelve la vida después de un volcán

Mira de cerca la lava "muerta" de Timanfaya y verás que está pintada: manchas grises, verdes y naranjas cubren la roca como escarcha. Son líquenes — los primeros colonos de cualquier mundo nuevo. Llegan con el viento, se agarran a la piedra desnuda y, durante siglos, la van convirtiendo en suelo. Detrás de ellos llega la tabaiba, un pequeño árbol retorcido que los isleños masticaban como chicle. Lanzarote es uno de los mejores lugares del planeta para ver este proceso en directo: casi trescientos años después de las erupciones, la vida sigue conquistando la lava centímetro a centímetro. Los científicos lo estudian aquí para entender cómo empezó la vida en la Tierra — y cómo podría empezar en Marte.

Cuando la lava se enfría, no queda nada: ni suelo, ni semillas, ni sombra. Un desierto de roca recién estrenada. Lo que ocurre después es una de las historias más lentas y hermosas de la naturaleza, y Lanzarote es su mejor escenario: aquí puedes caminar junto a coladas de hace casi tres siglos y ver, en directo, el capítulo primero de la vida.

Los protagonistas iniciales son los líquenes: alianzas entre un hongo y un alga que funcionan como un solo organismo. No necesitan suelo — les basta roca, luz y la humedad que los alisios y la maresía dejan por la noche. El primero en llegar suele ser un liquen gris plateado que cubre las lavas como ceniza clara; con los años se suman especies naranjas, amarillas, verdes y negras, hasta convertir el malpaís en un cuadro pintado a velocidad geológica. En Timanfaya y su entorno se han catalogado cerca de doscientas especies — una diversidad excepcional que convierte estas coladas en un laboratorio natural.

El trabajo de los líquenes es doble: sus ácidos van descomponiendo la superficie de la roca, y sus restos, junto al polvo que atrapa el viento, se acumulan en grietas y burbujas de la lava. Ahí, en esos puñados de "protosuelo", germinan las primeras plantas de verdad. La reina es la tabaiba dulce: un arbolito de tronco hinchado y ramas retorcidas por el viento, capaz de vivir con una lluvia miserable. Su savia blanca, dulce y no tóxica, fue el chicle tradicional de los isleños durante generaciones. Junto a ella se instalan aulagas, bobos y verodes, y con ellas llegan insectos, lagartos, pájaros: el ecosistema entero, reconstruyéndose solo.

Lo fascinante es el calendario. Las coladas de 1730-1736 llevan casi trescientos años en este proceso y todavía están, en muchas zonas, en la fase de los líquenes: así de lento es el nacimiento de un suelo en un clima sin lluvia. Por eso el Parque Nacional prohíbe salirse de los senderos — una pisada puede borrar décadas de trabajo microscópico — y por eso los científicos, incluidos los que preparan misiones espaciales, vienen a estudiar estas lavas: son lo más parecido que existe a la superficie de Marte en su juventud, y los líquenes son candidatos serios a explicar cómo la vida puede agarrarse a un planeta de piedra.

La próxima vez que camines junto al malpaís, agáchate un momento. Esa "mancha" en la roca es un pionero de trescientos años trabajando en silencio para que, dentro de mil, allí crezca un jardín.

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