Los domingos, Teguise es el carnaval de la isla: el famoso mercado inunda la antigua capital de puestos y autocares. Encantador una vez. Pero la Teguise del entendido es cualquier otra mañana, cuando se va el gentío y oyes tus propios pasos en la… bueno, en una de las villas coloniales más antiguas de España: capital de la isla durante más de cuatro siglos, trazada desde 1418 alrededor del palacio del linaje de la princesa Teguise. Callejea entre basalto y cal: la iglesia de Guadalupe en su plaza mayor, el Palacio Spínola (hoy museo del timple, card 70), conventos convertidos en espacios de arte, portadas con escudos de quinientos años. Sube al Castillo de Santa Bárbara, en el borde de su volcán, por el museo de la piratería y la vista de la isla entera. El domingo, para el bullicio; el martes, para el alma.
Teguise lleva su historia con la calma del pueblo que ya lo ha sobrevivido todo: los saqueos piratas (el Callejón de la Sangre guarda la memoria en el nombre; el card de los piratas cuenta lo peor), la pérdida de la capitalidad frente a la advenediza Arrecife en 1852 (card 72) y, por último, el turismo de masas, que absorbió con el truco elegante de ponerle día —el domingo— y seguir siendo ella misma los otros seis.
La villa es uno de los asentamientos europeos más antiguos de las islas atlánticas: fundada a principios del siglo XV junto al volcán de Guanapay, con el nombre de la princesa maja que emparentó con la dinastía de los conquistadores (el card de la toponimia saborea esa historia), y durante 440 años sede del poder, la iglesia y el dinero de la isla, todo ello tierra adentro a propósito, fuera del alcance de los golpes rápidos de los corsarios. Esa geografía la conservó: cuando la capital se mudó al puerto, Teguise sencillamente se paró en el tiempo, y hoy es el casco histórico mejor conservado de las Canarias orientales: una retícula de fachadas blancas, cercos de basalto oscuro, puertas de madera tallada y silencio.
Lo esencial, sin prisa. La Plaza de la Constitución, ancha y con porte, con la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, la iglesia madre de la isla, reconstruida después de cada desastre y con la torre que hace de referencia del pueblo. Enfrente, el Palacio Spínola: un palacio de comerciantes del siglo XVIII con patios y techos pintados, hoy Casa-Museo del Timple; vale la pena solo por el edificio, y el doble por la historia del instrumento chico (card 70). Las calles que salen de ahí esconden el resto: los antiguos conventos de San Francisco y Santo Domingo (hoy museo y sala de exposiciones), los tesoros de mobiliario isleño de las casas-museo, el Callejón de la Sangre detrás de la iglesia, tiendas de artesanía de verdad entre los sospechosos habituales y cafés con patio hechos para el segundo café. Todo se anda en una hora; todo merece tres.
Encima del pueblo, el signo de admiración: el Castillo de Santa Bárbara, una fortaleza pequeña y recia en el borde del volcán de Guanapay, cuyos vigías escrutaban el mar buscando velas y encendían las hogueras de aviso. Hoy alberga el Museo de la Piratería —teatral y divertido, y de verdad informativo— y la vista de 360º es la clase de historia de la isla en un solo barrido: Teguise agazapada con sensatez tierra adentro, Arrecife brillando en la costa que antes era demasiado peligrosa, las montañas del fuego de Timanfaya al sur, el muro de Famara al norte.
En cuanto al mercado del domingo: ve una vez, temprano, por el espectáculo; es el mayor acontecimiento social de la isla, y entre los pareos hay artesanos de verdad, además de actuaciones folclóricas a media mañana. Pero apunta también un día entre semana. Teguise un martes tranquilo, con los vencejos arriba y el basalto fresco a la sombra, es lo más cerca que está la isla de viajar en el tiempo, y no cuesta exactamente nada.
