Un día el horizonte desaparece, los volcanes se vuelven fantasmas y el cielo toma un tono amarillo de película del Oeste: bienvenido a la calima. No es niebla ni contaminación: es polvo del Sáhara en suspensión — partículas finísimas que el viento del este levanta en el desierto, a solo 130 km, y transporta hasta aquí, a menudo con aire caliente. Suele durar de dos a cuatro días, sube los termómetros y baja la visibilidad. ¿Molesta? Un poco, sobre todo a personas con asma o alergias: ese día, mejor planes de interior y agua abundante. ¿Es peligrosa? Rara vez — aunque en febrero de 2020 una calima histórica llegó a cerrar todos los aeropuertos canarios. Y a cambio regala los atardeceres más dramáticos del año.
La calima es el recordatorio meteorológico de un dato que las playas hacen olvidar: África está ahí al lado. Apenas 130 kilómetros separan Lanzarote de la costa del Sáhara, y cuando la circulación atmosférica se invierte — cuando el alisio húmedo del nordeste cede el paso a viento del este o sureste —, la isla recibe el aliento directo del mayor desierto del planeta.
El mecanismo es pura física atmosférica. Sobre el Sáhara, las tormentas de viento levantan millones de toneladas de polvo mineral — partículas microscópicas de arcilla, cuarzo y hierro. Ese polvo asciende y viaja en una capa de aire seco y cálido que los científicos llaman capa de aire sahariano, capaz de cruzar el Atlántico entero (el polvo del Sáhara fertiliza hasta el Amazonas). Canarias, por vecindad, recibe la versión concentrada: cuando el viento sopla del este, la nube de polvo cubre las islas, la visibilidad cae — de los 60 km de un día limpio a 10, 5 o menos de 3 en episodios fuertes — y el cielo adopta esa paleta ocre-amarilla tan característica. Como el aire viene del desierto, la calima suele llegar acompañada de subidas de temperatura: los días más calurosos del año en Lanzarote son casi siempre días de calima.
¿Cada cuánto ocurre? Varias veces al año, en cualquier estación, con más frecuencia e intensidad en invierno y en olas de calor estivales. Un episodio típico dura de dos a cuatro días y se despide cuando el alisio recupera su turno y "barre" el aire. Los servicios meteorológicos la avisan con antelación (busca "calima" o "polvo en suspensión" en la predicción de AEMET), así que no pilla por sorpresa a quien mira el parte.
¿Y qué se hace un día de calima? Con sentido común, vida casi normal. Las personas con asma, EPOC, alergias respiratorias, los niños pequeños y los mayores deben evitar el ejercicio intenso al aire libre y considerar mascarilla si el episodio es fuerte; todo el mundo agradece beber más agua y cerrar ventanas. El deporte serio se aplaza o se traslada a interior. Y es el día perfecto para el plan B de lujo: Cueva de los Verdes, Jameos, museos, bodegas de La Geria — la isla subterránea y la isla del vino no entienden de polvo. Los fotógrafos, mientras tanto, salen a cazar: la luz filtrada de la calima produce atardeceres rojos irrepetibles y paisajes de ciencia ficción.
Dos aclaraciones finales de amigo local. Una: la calima trae polvo, no arena — la arena de las playas es marina, no sahariana (card 35); lo que deja la calima es una película fina en coches y terrazas que la próxima lluvia se lleva. Y dos: el episodio de febrero de 2020 — la "calima del siglo", que cerró todos los aeropuertos del archipiélago durante un fin de semana — fue excepcional: una vez por generación. Lo normal es mucho más humilde: un velo amarillo, dos días de pereza y un atardecer que no olvidarás.
