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Mil años de historias

Lanzarote · 2 min de lectura

Mil años de historias
Foto: LastMinuteAdventure

Antes de las playas y de las excursiones a los volcanes, Lanzarote ya era vieja. Sus primeros habitantes, los Majos, llegaron del norte de África muchos siglos antes que los europeos y aprendieron a sobrevivir en una isla casi sin agua dulce: pastoreaban cabras, cultivaban cebada, guardaban la lluvia en oquedades de la roca y dejaron tras de sí grabados enigmáticos y los cimientos de sus casas de piedra.

Europa se topó con Lanzarote en los albores de la era de las exploraciones. La isla debe su nombre moderno a un navegante genovés, Lancelotto Malocello, que llegó hacia comienzos del siglo XIV. En 1402, el caballero normando Jean de Béthencourt desembarcó en el sur y comenzó, desde Lanzarote, la conquista europea de las Islas Canarias, convirtiendo esta pequeña isla en la puerta de entrada a todo un archipiélago.

Los siglos siguientes fueron duros y dramáticos. Desde su colina sobre Teguise, el Castillo de Santa Bárbara vigilaba las velas de piratas y corsarios —berberiscos, ingleses, franceses— que asaltaron la isla una y otra vez; los isleños aprendieron a esconderse en cuevas volcánicas como la Cueva de los Verdes, cuyos túneles cobijaron a pueblos enteros. En la costa, fortalezas como el Castillo de San Gabriel y el Castillo de San José siguen custodiando los puertos de Arrecife.

Después llegó el volcán. Las grandes erupciones de 1730–1736 sepultaron algunas de las tierras más fértiles de la isla y empujaron a muchas familias a emigrar; sin embargo, quienes se quedaron inventaron nuevas formas de cultivar sobre la ceniza, desde los viñedos de La Geria hasta los campos acolchados con picón, la grava volcánica. En el siglo XIX, Lanzarote vivió de la sal, de la pesca y de la cochinilla, un insecto del que se obtenía un tinte carmesí muy apreciado en toda Europa; Arrecife, ciudad de puertos, se convirtió en capital a mediados del siglo XIX.

El siglo XX trajo la mayor transformación de la isla: el turismo, encauzado —gracias a César Manrique y a una generación con visión de futuro— por un camino que protegió el alma de la isla. El Lanzarote de hoy es la suma de todas esas vidas: pastores aborígenes, navegantes, piratas, viticultores y artistas. Camina por cualquier rincón de la isla y mil años caminarán contigo.

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