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La mayor reserva marina de Europa está aquí al lado

Lanzarote · 3 min de lectura

La mayor reserva marina de Europa está aquí al lado

Mira desde el Mirador del Río: ese brazo de mar y esos islotes que ves — La Graciosa, Montaña Clara, Alegranza y los roques — forman parte de la mayor reserva marina de Europa: unas 70.000 hectáreas de océano protegido desde 1995. Bajo la superficie, el resultado se nota: meros curiosos del tamaño de un perro, bancos de barracudas, rayas, viejas — el pez favorito de los canarios — y fondos que parecen de otra década, cuando el mar estaba lleno. Arriba, los acantilados de los islotes acogen colonias de aves marinas espectaculares. Es la despensa y la joya del norte: un pedazo de Atlántico gestionado con una idea simple — si dejas al mar en paz, el mar te lo devuelve multiplicado.

En 1995, alrededor del Archipiélago Chinijo — La Graciosa y sus islotes hermanos — se dibujó sobre el mar una frontera invisible: unas 70.700 hectáreas de océano donde la pesca industrial no entra y la artesanal se regula con mimo. Nacía así la mayor reserva marina de Europa, y tres décadas después es la mejor demostración de una ley que los pescadores viejos ya conocían: el mar protegido produce más mar.

¿Por qué precisamente aquí? Porque este rincón reúne condiciones excepcionales. Las aguas que llegan del norte vienen frescas y cargadas de nutrientes; los fondos combinan arenales, roquedos, cuevas y veriles que caen a gran profundidad; y los islotes deshabitados regalan kilómetros de costa virgen. El resultado es una despensa: aquí desovan y crecen especies que luego repueblan las costas de toda la isla. Los científicos lo llaman "efecto reserva" — la vida rebosa las fronteras del área protegida y beneficia a todos alrededor.

Bajo el agua, la diferencia se ve a los cinco minutos. Meros de buen tamaño que en otras costas desaparecieron hace décadas aquí se acercan a mirar a los buceadores con cara de propietarios. Viejas de colores pastando entre las rocas, bancos de sargos y salemas, barracudas patrullando en formación, chuchos y angelotes en los arenales, langostas en las grietas. Los centros de buceo de la zona repiten la misma frase de los visitantes: "así era el Mediterráneo hace cincuenta años".

La riqueza sigue por encima de la superficie. Los acantilados de Alegranza y Montaña Clara acogen colonias de pardela cenicienta — miles de parejas que cada verano llenan las noches del norte con sus lamentos fantasmales —, junto a paíños, halcones de Eleonora llegados para criar, águilas pescadoras y el guirre. Por eso el conjunto es también parque natural y una de las zonas de aves marinas más importantes del Atlántico oriental.

Para visitarla hay reglas de sentido común: al Chinijo se va en barco autorizado o en la lancha de La Graciosa, la pesca recreativa está limitada y fondear no es libre — los permisos protegen precisamente lo que has venido a ver. A cambio, la recompensa: navegar el estrecho de El Río bajo la muralla de Famara, con los islotes en fila hacia el horizonte, es una de las grandes postales del Atlántico. Y saber que todo eso está protegido desde hace treinta años la hace todavía mejor.

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